La pregunta de si todos los seres humanos perciben de la misma forma los colores es tan antigua como la humanidad. ¿Ven los demás lo mismo que yo? nos hemos preguntado seguramente todos alguna vez.  Los estudios en Ciencias Cognitivas sobre el color insisten en que hay tres variables que influyen en su percepción y categorización por parte de la mente, a saber: el estado de ánimo, el recuerdo y el idioma hablado.

Respecto de este último asunto, el del lenguaje, las Ciencias Cognitivas han concluido que la categorización que una lengua hace de los colores influye posteriormente en la percepción de los mismos. Esto quiere decir que la lengua que hablamos puede influir en la manera de interpretar la realidad.

Vamos a ilustrar esta última idea con algunos de los ejemplos usados  en el documental de divulgación, El misterio de los colores.

En uno de los experimentos de este documental, se invita a miembros de una tribu africana de Namibia a buscar el color diferente en este diagrama, tarea que para los que hablamos lenguas occidentales, por la manera en que clasificamos el color, no resulta fácil de realizar.

Sin embargo, los sujetos experimentantes de la tribu africana no mostraron ningún problema a la hora de identificar cuál era el verde que difería de los demás:

Sin embargo, la situación se invirtió con el siguiente diagrama:

En este caso, los participantes africanos tenían serios problemas para identificar cuál era la casilla que difería de las demás, tarea de fácil resolución para nuestra manera de interpretar el mundo.

Ahora, conozcamos un poco mejor la lengua de esta tribu, analicemos sus palabras y veamos cómo dicha lengua estructura semánticamente el color:

  1. La palabra Zoozu sirve para rojos, azules, verdes y púrpuras.
  2. La palabra Vapa sirve para blancos y algunos amarillos
  3. La palabra Dumbu, para verdes y algunos rojos y marrones.

A partir de esta taxonomía, podemos ver que esta lengua hace una categorización diferente a las lenguas occidentales de las frecuencias del color.

Dicha estructura, que a través del lenguaje, se hereda culturalmente, es lo que se denomina intersubjetividad, que es el proceso de convencionalización de la realidad por parte de una comunidad de individuos que vive en sociedad y que necesitan comunicarse con éxito.

Vemos, por tanto, que el gran reto de la IA no está solo en captar la información del exterior, sino también en estructurar esta información en coherencia con la estructura cultural y, por ende, con la estructura del lenguaje que tenga la lengua en la que el robot tenga que interactuar.

La cuestión de si la lengua, una vez interiorizada, determina la percepción del mundo e imposibilita la apertura a nuevas realidades es una de las cuestiones más debatidas a lo largo de toda la historia de la Lingüística, junto con la cuestión del origen del lenguaje.

Para esta cultura, el agua es blanca y el cielo, negro. Para añadir más complejidad a esta tarea, también debemos saber que las lenguas usan el color para construir metáforas. Así, en la cultura japonesa, se usa la expresión la manzana está azul, para expresar que la manzana no está madura; en español, usamos la expresión viejo verde y en ella el color verde tiene un significado sexual en el contexto de esta expresión.

Así pues, si un usuario japonés le preguntara al robot, ¿está ya la manzana azul? A no ser que el sistema de diálogo tuviera un parser idiomático o metafórico, el robot interpretaría esta expresión a nivel literal, y posiblemente contestara que no existen las manzanas azules. Igualmente, si analizara sintácticamente la expresión viejo verde, probablemente, el sistema de procesamiento asumiría que viejo verde tiene la estructura Adjetivo (viejo) + Nombre (verde, nombre de color), e interpretaría que está diciendo que el verde es viejo. La otra estructura gramatical alternativa, Adjetivo + Nombre, (viejo, nombre + verde, adjetivo) sería la correcta aunque la menos probable, puesto que el robot razonaría que no hay viejos de color verde.

Queda demostrado, por tanto, que no es suficiente con introducir el código lingüístico del japonés o del español en un programa, sino que también es necesario relacionar lenguaje y cultura, y de ahí atribuir un nivel de interpretación figurada al lenguaje.

En el caso concreto del japonés, la palabra azul tendría dos rasgos semánticos, color y estado de maduración de la fruta, el segundo estado o valencia solo se activaría en el caso de complementar a núcleos con el rasgo semántico de fruta. Una simple gramática de unificación de rasgos semánticos podría solucionar el problema. Quizás la mayor tarea aquí para la IA no sea la formalización de la estructura sino la visibilización, la explicitación de la misma, para lo cual se hace necesaria una estrecha colaboración entre humanistas e ingenieros del conocimiento.

Esto ha sido todo por este mes, en el post del mes siguiente seguiremos tratando la relación entre estructura lingüística y estructura cultural usando esta vez como ejemplo de partida el enunciado: soy pobre pero honrado, a partir de la cual trataremos asuntos relacionados con el procesamiento del discurso (superando el procesamiento de las oraciones) y su relación con la ideología.

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